La era de las prisas

Salvador Hernández Vélez
Salvador Hernández Vélez

Me pregunté en la noche del día del amor y la amistad ¿en realidad le demostramos a nuestros familiares y amigos nuestra verdadera amistad o solo hicimos uso de los aparatos móviles, solo ofrecimos likes? ¿Fueron más a los que les dimos un apretón de manos, un abrazo fraterno y solidario, una mirada de afecto, o fueron los menos? ¿En lugar de un abrazo, mandamos un meme? ¿En vez de una mirada a las personas que nos rodean o al entorno que nos circunda, tal vez solo tuvimos atención para la pantalla de nuestro dispositivo móvil, que ahora es nuestro “acompañante fiel”? Nos justificamos aceptando que la sociedad en la que vivimos transcurre a un ritmo angustiante. Las circunstancias que nos rodean nos obligan a andar todo el día de prisa, al menos parece que estamos convencidos de ello, ya que no nos detenemos a cuestionárnoslo. El trabajo siempre se tiene que hacer, ¡ya! Siempre urge ¿a qué se debe todo esto?

El quince de febrero les pregunté a un grupo de amigos: ¿Disfrutaron una taza de café al calor de una amena charla de amigos, o inconscientemente solo les ofrecieron un mensaje estereotipado por WhatsApp o por las redes sociales? ¿Con alguien se plantearon disfrutar una copa de tinto para el día de la amistad? Ese día desayuné en una librería-cafetería en Saltillo. Observé la actitud de muchas jóvenes estudiantes, que por supuesto todas llegaban con su celular en las manos. Me encantó que compraban un pequeño regalo, ingeniosamente envuelto, lo portaban en sus manos para compartirlo con alguna amistad. Se tomaron el tiempo para escoger el regalo con el que expresaron su amistad.

Estas muestras de humanismo son parafraseando a Ernesto Sabato una luz de esperanza para combatir el ensimismamiento e individualismo que padecemos en este mundo globalizado de las redes sociales. Para ello, el autor argentino nos convoca “a valorar la vida de otra manera”. Sabato en su libro La Resistencia nos habla de los temas que nos separan entre nosotros y el universo: “la incomunicación, el culto a sí mismo, la reverencia a los dioses de la televisión, el trabajo deshumanizado, el imperio de la máquina sobre el ser, el sometimiento y la masificación, el creciente sentimiento de orfandad, la competencia feroz y el vértigo apocalíptico en el que toda posibilidad de diálogo desaparece.” Remata alentándonos: “Estamos a tiempo de revertir este abandono y esta masacre.”

Hace unas semanas desayuné con un matrimonio joven. Iban acompañados de su niña de un año de edad. Después de que la bebé terminó de ingerir sus alimentos, se bajó de la periquera y empezó a corretear en el restaurante. Para que la niña se estuviera quieta y no molestara a los comensales, le dieron una IPad. La encendió y se puso a interactuar con los vídeos. La niña se tranquilizó al menos hasta que los adultos terminamos de desayunar. Ya no nos “molestó”. Se quedó enajenada con la Tablet. ¿Qué consecuencias tendrán estas interacciones de los bebés con los aparatos móviles cuando crezcan? Aunque siempre traemos prisa, es paradójico que si tenemos mucho tiempo para atender nuestros celulares.

Como dice Luciano Concheiro en su libro Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante, si me viera obligado a señalar un rasgo que describiera la época actual en su totalidad, no lo dudaría un segundo: elegiría la aceleración. En su pequeño texto, el autor busca hacer frente a esta situación de que siempre andamos a toda prisa y no tenemos tiempo para las cosas importantes. Explora la aceleración de la vida que llevamos desde distintas perspectivas. En la primera, se examina la manera en que el capitalismo la ha utilizado como mecanismo para cumplir su necesidad básica (la obediencia sin fin de ganancias). En la segunda, se examina su impacto en la política: cómo ha estructurado una política oportunista y cortoplacista, que piensa ante todo en la coyuntura y depende de los medios de comunicación. En la tercera, se investiga el tipo de subjetividad que ha constituido: sujetos dispersos, estresados, ansiosos, deprimidos, necesitados de sustancias estimulantes y que siempre están de prisa.

Dice Concheiro que ni la economía, ni la política – tampoco, se libra del acelere, la democracia, en particular las contiendas electorales–, ni las subjetividades, ni las relaciones sociales han logrado resistirse al envite de la velocidad.

jshv0851@gmail.com

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.