Por El Grillo
Un triunfo simbólico, mil conflictos reales
Esta semana ha quedado claro que el estado está atrapado entre avances simbólicos y conflictos estructurales sin resolver. Por un lado, el gobierno de Salomón Jara Cruz celebró el retorno de 63 familias desplazadas tras años de abandono a la comunidad de Guadalupe Victoria, en la Sierra Norte.
Un reconocimiento de ACNUR definió el modelo como “pionero” en México. Sin embargo, esta aparente victoria es apenas la tapa de una olla que hierve desde hace décadas.
Porque al mismo tiempo, la entidad sigue encabezando la lista nacional de conflictos agrarios, desplazamientos y violencia persistente.
Mientras se celebra la “atención” a comunidades vulnerables, no se ha cambiado la matriz del poder que permite que las comunidades queden a merced de intereses más fuertes, ya sean caciquiles, económicos o institucionales.
Lo llamativo no es sólo que haya desplazados o que las familias regresen —eso se lee bien en los boletines—, sino qué ocurre con los responsables y con las causas profundas: tierras sin registrar, recursos hídricos disputados, ausencia de políticas para mujeres y pueblos indígenas, impunidad que crece.
Y ahí emerge la pregunta incómoda de la política diaria: ¿Quién realmente gobierna la plaza cuando el Estado parece celebrar logros y las comunidades siguen en riesgo? ¿Son los poderes públicos los que actúan o los que permiten que los conflictos se gestionen a su ritmo?
La tapa de un buen retorno no puede ocultar la olla entera del problema. Mientras algunos celebran el modelo humanitario, otros siguen siendo víctimas de una violencia estructural disfrazada de “normalidad”.
Y en esa grieta habita el poder real: los recursos que se distribuyen, los silencios que se pactan y los discursos que repiten que “ya estamos atendiendo”, cuando lo que se reclama es justicia y transformación.
Si Oaxaca persigue ser distinto, el reto no está en los comunicados ni en las ceremonias: está en revertir ese engranaje que convierte la promesa en trámite. Y en reconocer que la política no sólo se hace con lo que se celebra, sino también con lo que se tolera.
Ese quizá sea el verdadero cambio pendiente.






