El tarjeta-crédito

“A nivel de las grandes masas se logró con éxito convertir lo superfluo en necesidad, y al promover la compra a plazos se creó un nuevo mecanismo de domesticación”
Marta Harnecker

Salvador Hernández Vélez
Salvador Hernández Vélez

En el mundo de hoy, la gente le da cada vez más importancia a la búsqueda del confort y, así, legitima el consumo. Confort y consumo son las dos caras del sistema de crédito. El actual modelo neoliberal ata al ciudadano a la humillación de sus deudas. La gente se vuelve esclava del hechizo de los objetos que se ofrecen a sus ojos como realización de la verdadera vida. Hoy, frente al encanto de un nuevo celular más sofisticado –aunque el que poseas todavía sirva–, nos embarcamos con un nuevo crédito. Compramos nuevos zapatos, nueva ropa o, bien, un carro último modelo. Y la deuda nos esclaviza cada vez más.

Un amigo que lleva más de 10 años de indocumentado en EU me decía que no era preocupante ser ilegal. El problema es no ser responsable en el trabajo, ser desordenado como ciudadano y no tener créditos. Y agregó, por eso hay que comprar la casa y los carros a crédito, y cuando los terminas de pagar hay que enganchar un nuevo carro y una nueva casa. Aunque la puedas pagar, hay que deberla. Siempre hay que deber. El que no debe no existe. Frente a esta situación, ¿qué energía participativa, qué capacidad tienen para arriesgarse el empleado y el trabajador de hoy que se enfrentan a la inestabilidad de su empleo y a que tienen que cumplir sus mensualidades de crédito, so pena de que no hacerlo se encadenan más a las deudas?

Sin duda estamos entrampados en un mundo que conduce al impulso del consumismo. Y dado que los salarios se reducen permanentemente, el poder de compra disminuye y la demanda también se caería, pero no sucede eso, ¿por qué? Porque el crédito estimula las ventas y transforma a la mayor parte de los compradores en lo que Tomás Moulián llama: “el hombre tarjeta de crédito”. Para satisfacer sus necesidades de consumo, las personas hipotecan su futuro y terminan por ser sometidas. ¿Qué espíritu de lucha pueden tener estos “tarjeta-crédito” ante la amenaza de ser despedidos, y de que su endeudamiento crezca hasta hacerse impagable?

Todo esto, por otra parte, también conduce al aumento de los comportamientos antisociales, al embrutecimiento con droga, alcohol, televisión o el futbol, al auge de los fundamentalismos religiosos, al fragmentarismo y, también, a la explosividad social sin efecto político popular. Ahí está el ejemplo de los linchamientos digitales por los gasolinazos ¿En qué quedaron?

Los efectos desarticuladores de la estrategia de fragmentación social que promueve maquiavélicamente el neoliberalismo y los efectos sobre la vida cotidiana de la gente que depende en gran medida del uso de las nuevas tecnologías (televisión, video, teléfono, internet), tienden a reducir los espacios de vida colectiva y a desarticular a los sujetos sociales capaz de cuestionar prácticamente al sistema.

La gente no se contenta con vivir de acuerdo a sus ingresos, y opta por vivir endeudada, por lo tanto, necesita mantener un trabajo estable –cada vez más escaso– para poder solventar sus compromisos económicos. Quizás aquí es conveniente preguntarse: ¿cómo entonces, en tal situación, surgió el consumismo?

Según Rifkin, la comunidad empresarial norteamericana se propuso cambiar radicalmente la psicología que había construido a la nación. Ésta enfrentaba en los años 20 del Siglo 20 una situación de sobreproducción, y a un drástico descenso de las ventas sólo podía salírsele al paso si se lograba cambiar la psicología del pueblo norteamericano motivándolo a consumir cada vez más productos. Se lanzó así en una gran cruzada para convertir a los trabajadores americanos en una masa de consumidores. Y por otra parte, se impulsó una política para destruir las conquistas de los trabajadores: estabilidad en el trabajo, salarios que permitan condiciones de vida adecuadas y seguridad social. Así se golpeó a las organizaciones de clase, para eliminar toda resistencia al libre juego del mercado.

Las políticas neoliberales han reducido el “estado de bienestar” a un “estado de asistencia pública”: se ha perdido la escala móvil de salarios y la seguridad en el empleo, se ha dividido a los empleados en fijos y precarios, están desapareciendo los derechos sociales, pero aumentan enormemente los deudores.

jshv0851@gmail.com

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.